
Canarias fue la primera en prohibir la tauromaquia, allá por 1991, tras reconocer los derechos animales, protegidos por ley ante “peleas, fiestas, espectáculos y otras actividades que conlleven maltrato, crueldad o sufrimiento”. En este caso, la escasísima afición por esta tortura que algunos llaman arte, fue determinante para su censura y abolición.
En Catalunya, a raíz de una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) el Parlament catalán ha prohibido con una mayoría de libertad de voto la matanza de toros como espectáculo en su territorio, que ya arrastraba un decadente apoyo ciudadano (más de 70 municipios catalanes se consideran desde hace tiempo abolicionistas).
En contraste con este ejemplo de democracia y de una manera cívica de hacer política en pos del progreso, los gobiernos de la derecha gürteliana de dos CCAA donde presiden con mayoría absoluta (Madrid y Valencia) ya anunciaron su intención, conocida la propuesta catalana, de “proteger” como Bien de Interés Cultural esta brutalidad bautizada por el dictador Franco como “fiesta nacional”. Y, cómo no, ahora amenazan con ir al TC contra esta decisión histórica.
Pero pese a esta defensa de la permítase llamar “salvajada nacional”, supuesto símbolo de nuestras “raíces culturales”, por parte de gobiernos más parecidos a la España retrógrada y cerril, antes populista que popular, que a la España moderna, es de celebrar que la Asamblea de Madrid vaya a debatir próximamente una ILP similar a la catalana, en contra de los festejos taurinos. Probablemente caiga en saco roto, pero es síntoma de un cambio de mentalidad y buena noticia para quienes nos gustan realmente los toros.
Sin embargo, aquí en el País Valenciano, salvo el caso pionero de Paterna, ni se escucha ni se debate nada que vaya contra el dogma pepero de Francisco Gürtel Camps. Importa poco que la opinión general sea de rechazo a que se inflija dolor y se torture hasta la muerte a un animal, y que a eso se le llame arte o, estúpidamente, fiesta.
Fruto del libre pensamiento que caracteriza a la España actual, cada vez existe una mayor concienciación de la sociedad (el 75% de españoles nunca pisaría una plaza de toros) en contra de este tipo de “tradiciones” que sobreviven gracias a las subvenciones (560 millones de euros anuales), y que en absoluto transmiten valores positivos a las generaciones, sino todo lo contrario, valores de muerte y crueldad hacia un ser vivo que siente; en base a argumentos ridículos e irracionales (como decir que el toro nace para morir en una plaza) alejados de toda ética, moral y hasta inteligencia.
En Catalunya, a raíz de una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) el Parlament catalán ha prohibido con una mayoría de libertad de voto la matanza de toros como espectáculo en su territorio, que ya arrastraba un decadente apoyo ciudadano (más de 70 municipios catalanes se consideran desde hace tiempo abolicionistas).
En contraste con este ejemplo de democracia y de una manera cívica de hacer política en pos del progreso, los gobiernos de la derecha gürteliana de dos CCAA donde presiden con mayoría absoluta (Madrid y Valencia) ya anunciaron su intención, conocida la propuesta catalana, de “proteger” como Bien de Interés Cultural esta brutalidad bautizada por el dictador Franco como “fiesta nacional”. Y, cómo no, ahora amenazan con ir al TC contra esta decisión histórica.
Pero pese a esta defensa de la permítase llamar “salvajada nacional”, supuesto símbolo de nuestras “raíces culturales”, por parte de gobiernos más parecidos a la España retrógrada y cerril, antes populista que popular, que a la España moderna, es de celebrar que la Asamblea de Madrid vaya a debatir próximamente una ILP similar a la catalana, en contra de los festejos taurinos. Probablemente caiga en saco roto, pero es síntoma de un cambio de mentalidad y buena noticia para quienes nos gustan realmente los toros.
Sin embargo, aquí en el País Valenciano, salvo el caso pionero de Paterna, ni se escucha ni se debate nada que vaya contra el dogma pepero de Francisco Gürtel Camps. Importa poco que la opinión general sea de rechazo a que se inflija dolor y se torture hasta la muerte a un animal, y que a eso se le llame arte o, estúpidamente, fiesta.
Fruto del libre pensamiento que caracteriza a la España actual, cada vez existe una mayor concienciación de la sociedad (el 75% de españoles nunca pisaría una plaza de toros) en contra de este tipo de “tradiciones” que sobreviven gracias a las subvenciones (560 millones de euros anuales), y que en absoluto transmiten valores positivos a las generaciones, sino todo lo contrario, valores de muerte y crueldad hacia un ser vivo que siente; en base a argumentos ridículos e irracionales (como decir que el toro nace para morir en una plaza) alejados de toda ética, moral y hasta inteligencia.